Veredicto de doce de Raymond Postgate

El secretario del tribunal tenia que aliviar de alguna manera el tedio que le causaba tomar, año tras año, el mismo juramento. Por costumbre permanecía casi un minuto de pie, contemplando al jurado y estudiándolo; luego, con cierta lentitud, hacía jurar a cada uno de sus miembros mientras los observaba y trataba de adivinar en que forma cumpliría su deber. Se jactaba de que siempre presentía al tonto o al fanático que votaría en contra de la mayoría, entorpeciendo una decisión.